El gesto que apaga la perspectiva.
23290
post-template-default,single,single-post,postid-23290,single-format-standard,stockholm-core-1.2.1,select-child-theme-ver-1.1,select-theme-ver-5.2.1,ajax_fade,page_not_loaded,vertical_menu_enabled, vertical_menu_transparency vertical_menu_transparency_on,wpb-js-composer js-comp-ver-6.1,vc_responsive

El gesto que apaga la perspectiva.

En este punto se llega a la experimentación del arte gestual, hasta ahora el arte era fundamentalmente visual, requería una observación basada en la vista; al gesto, sin embargo, se llega cerrando los ojos para mirar hacia dentro a través de la meditación. La ciencia en el siglo XX se enfrenta más convencida que nunca a las religiones monoteístas que se despliegan por Europa y América, opone la razón y las pruebas de laboratorio para poner en duda y hasta negar categóricamente las verdades que las religiones defendían como inamovibles. La sociedad en general, sumida en la destrucción, deja de ver los misterios de la vida como patrimonio religioso para buscar respuestas en las teorías que la ciencia va proponiendo cada vez con más celeridad. La materia se descompone en porciones cada vez más pequeñas, como el tiempo y el espacio ya lo venían haciendo, llegándose hasta la subdivisión del átomo. De tan cerca que tenemos ya los objetos ante los ojos, éstos nos son insuficientes y hay que hacer uso del microscopio para ver la composición de la materia misma, esa con la que están construidos los objetos. Hasta caer en la cuenta que son verdaderos cuadros abstractos los que se ven a través de los artilugios que la ciencia utiliza.

¿Dónde ha quedado el horizonte con el que la perspectiva nos ilusionaba? ¿Dónde el de la sociedad que a través de la familia, ahora rota por las guerras que matan a los hijos y las ciudades que los alejan del campo y los núcleos familiares, nos fortalecía? El arte no puede arrancar sino como expresión de su sociedad, una sociedad que en el desconcierto reinante es capaz de dar el mundo por un gesto, porque se le ha caído el mundo y gesticula impotente, maltrecha. Una sociedad que ha perdido de vista la eternidad, la dimensión de la muerte que otorgaba al arte la tensión necesaria para ser tan grande como eterna, esa obra siempre viva inmune al paso del tiempo cuya estética no ha entendido nunca de progreso sino de realización, aunando vida y muerte como la suprema verdad.

La falta de perspectiva, la incapacidad cada vez más manifiesta para creer, nos imposibilita para ni tan siquiera imaginar grandes obras que puedan contener grandes verdades, que puedan aspirar a instantes de eternidad. Pero esas pequeñas verdades que inundan los presentes dejan insatisfechos pues aún en el consciente colectivo perdura el sentimiento de lo inconmensurable. Un sentimiento que impulsa el encuentro con un Este Asiático lejano cuyo gesto parece abarcar lo infinito de una naturaleza sin nuestros dioses cada vez más en la penumbra de lo incierto. La pluralidad de aquellos, sus coloridos y olores, su silencio de tiempos tan viejos, parecen despertar un abrazo latente que dé la espalda a la verborrea inconsistente y a la proliferación de objetos inútiles que pueblan nuestro entorno y de los que cada vez parece que podemos prescindir menos. El gesto mudo se nos abre pleno y en él entramos queriendo hacer del presente un instante eterno.

voluntad, mera potencia de imposible despliegue

Pintura y poesía es una pareja imbricada en el arte de China sobre todo y además de otras. En concreto su pintura lleva inscripciones que son a menudo versos y poemas que interaccionan, palabras pintadas en empatía con la imagen, se escriben poemas en pinturas al tiempo que se escriben también pinturas en poemas. No se trata en modo alguno de ilustraciones que completan o enriquecen, tampoco son descripciones que adornen o complementen. La poesía es una abstracción simbólica que deleita el oído en tanto la pintura es más concreta y sensual entregada al sentido de la vista. Verdaderamente la acción que protagonizan se centra en la superación de sus propias limitaciones, escapan a cualquier definición que las engulla para estirándose dar un paso más, ese con el que caer rendidas en el terreno de la otra. La pintura no rechaza pero sí supera la representación formal que le es propia, elude quedarse en la simple habilidad, encuentra que excederse en la más depurada de las técnicas es tan vulgar como mostrar la desnudez sin desvelo. Pero la habilidad, el afán que una vez adquirido libera para servir en vez de ser servido, encamina hacia el origen, el único caldo común y original. Ahí se produce el encuentro entre la pintura y la poesía, se encuentran en la creación y su juego es el intercambio de papeles, juegan a ser la otra. Y la pintura atraviesa traviesa la figuración para hacer de la abstracción poética su camino, a su vez la poesía adiestra a los ojos para que vean en sus palabras imágenes concretas y reales. La pintura quiere ser oída al tiempo que la poesía se entrega sin pudor a la vista. Hay una evasión constante de la apariencia sin eludirla, pero sí traspasarla porque el movimiento que genera la creación no es lineal, no camina por la superficie, su espacio no es sólo la tierra y su tiempo únicamente el presente. La creación protagoniza un movimiento gravitatorio, se sumerge en la gravedad espacial y su tiempo sólo parte del presente para adquirir el sentido que lo atrae al origen. Ambas están en el camino y se funden para hablar de lo mismo: el uno que entraña la multiplicidad. No fosilizan, ponen en marcha, desentumecen, actúan, hacen camino para encontrar la obra, se transforman con absoluta naturalidad, se interesan por el movimiento de la naturaleza para incorporarse a él porque la creación está en la idea que surge de la mente que trabaja con un espíritu desprendido, sin atarse a lo superficial para adentrarse en lo espacial.

No Comments

Post a Comment