Falta de Voluntad
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Falta de Voluntad

La conciencia se cansa  decae

Dice María que: Es la pasividad la que no ha sido tenida en cuenta ni por el pensamiento ni por la poesía apenas, ni mucho menos por la moral. Todo es acción.

Nos tiene atrapados la acción, hay que estar moviéndose constantemente, hay que ir y venir para dar sensación de actividad, de no perder el tiempo: durmiendo perdemos el tiempo, contemplando perdemos el tiempo, callando perdemos el tiempo, parados lo seguimos perdiendo. Se diría que queremos ganarle al tiempo, correr más que él, no dejar que su huella se imprima en el ser humano, como si venciendo al tiempo nos hiciéramos un poquito menos mortales, ganáramos en inmortalidad.

La fuerza de voluntad es como un dios al que nos sacrificamos para que la acción no decaiga. La voluntad como un titán al que ofrecerle directamente la vida, a cambio de llegar a metas impuestas por la razón, ante una sociedad que exige un orden, que lo impone, un orden convenido y conveniente por y para los hombres. Y el medio: la naturaleza, queda al servicio del hombre que en apariencia es el dios, pero en el fondo no es sino esclavo de sí mismo, gracias a la entronizada voluntad.

Voluntad que responde al sentido de unidad en el ser humano, esa unicidad que en matemáticas alude a una y sólo una solución al problema; en el hombre es esa cualidad de ser único, irrepetible, un ser singular a fuerza de voluntad manifiesta. La voluntad como el embudo por el que ha de entrar todo y que eleva al ser humano a la categoría del dios solo. La máxima de que con voluntad se puede conquistar el mundo, con voluntad todo se puede, querer es poder. Y no

¿Mostrar fortaleza es signo de debilidad? Quizás ¿el poder da la felicidad? Quizá ¿la voluntad nos permite realizarnos? Quién sabe… María en su obra “El Hombre y lo Divino” se muestra partidaria de: Vivir a la manera de un viajero que conoce y ha memoria de su ruta desde el lugar de partida y, por ello, sabe en verdad el sentido de cada acontecimiento. Adentrarse en el camino recibido, encuentro es la mayor aspiración del ser humano, coincidir, abrirse a la casualidad.

Son para ella Los Bienaventurados quienes encontramos en lo más alto, la corona de los seres en el sentido de la corona visible que forman las cimas de una cordillera sumergida, islas de un logos no encontrado y todavía por encontrar… Los bienaventurados se detienen por sí mismos… Están rondando en silencio en una danza que, cuando se hace visible, es orden, armonía geométrica. Mas de una geometría no inventada, de una geometría dada como en regalo por el Señor de los números y de la danzas, por tanto invisible, insensible, es decir, con un mínimo de <materia sensorial>. La danza de lo acabado de nacer, o de lo que no ha nacido todavía, o de lo que nunca nacerá, pero la danza que es danza para siempre.

Y la danza me lleva sin remedio a la obra pictórica La Danza de Henri Matisse, hito en el devenir de la pintura que parece referirse a lo hecho por sí mismo, a ese punto en el proceso creativo en el que el artista bienaventurado deja hacer, silencia la razón, la voluntad, el poder, el ego en definitiva, para ser en tal armonía que deja que lo que es sea… Hay obras que son dictadas, que llegan sin ese estar opaco, sin ser de uno, simplemente se reciben, como el camino.

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