La MIRADA
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La MIRADA

la mirada remota   calladamente

Acceder a un nivel superior de conciencia es hacer que la mirada perciba con mayor sutileza la suave y penetrante belleza que recala en el origen, la bondad que entraña, la verdad que le da vida. Para llegar a la belleza hay que adiestrar la mirada, no sólo la técnica del pincel o la tinta, no basta con que esté, hay que encontrarla en la memoria o en el devenir. No basta con mirar para ver, no es suficiente el gusto si no se profundiza en su esencia. La primera mirada puede acercar el objeto, la segunda despertar algo dormido y hoy desconocido, la tercera sumergirnos en nosotros mismos para complementar con lo nuevo que nos llega una comprensión mayor del movimiento de la vida. La belleza nos atrapa y nos relaciona con ella y al aceptarla nos transforma encaminándonos a una mayor plenitud. El paraíso perdido se encumbra como el paradigma de belleza hacia el que tendemos buscando cerrar el círculo de lo que fue y ha de ser, un tránsito por la vida conducente a esa realidad superior que suponemos cargada de belleza, bondad y verdad, por tanto en orden y armonía. En cada obra de arte se busca esa unidad que transforme la realidad en algo superior cuya visualización nos ayude a superar lo dual. Sin embargo la belleza pudiera parecer de más, un añadido agradable y superfluo, un engaño para distraer el camino, pero es permanente, insiste su presencia en no ausentarse como reclamando una atención que la envuelve de misterio, como si bebiera de un más allá que desconocemos y que exige desenmascarar la aparente para encontrar la que subyace auténtica y silente.

El movimiento del trazo debemos poder llegar a oírlo, cual notas que tintinean perforando el espacio por aquí y por allá, que se mueven acariciadas o mandadas lejos por la batuta del director que sacude alargando o deteniendo sonidos, penetrando el espacio en ocasiones en busca de alguna que se resiste o esconde, así el trazo va y viene, se envuelve y retuerce, gira, se levanta para caer rotundo, efímero, sutil o evanescente. Pincel en mano no son los ojos físicos los que ven, son meros objetos que nos permiten llegar a lo más hondo, esas visiones que un día se quedaron dentro y que dentro avanzan y evolucionan, crecen y se desarrollan, las que vemos cuando la mirada perdida no percibe lo que tiene enfrente sino lo que está detrás, lo que desde el fondo de sus ser camina a golpe de desencuentro con uno mismo. Esa salida de tono, esa reacción impredecible, ese malestar agorero que vuelve cuando menos se lo requiere, esa frustración que nos persigue, la repentina alegría, el bienestar que provoca ese objeto insignificante que cuenta toda una historia enterrada, acogida entre algodones, que acariciamos como el más preciado de nuestros tesoros, arremete, surge y traza un movimiento que es único, que es nuestro, que es tan real como las entrañas, tan certero como una diana y se plasma haciendo estallar las dos dimensiones de un papel limitado que ahora retiene el espacio.

Ha de ser con el trazo que no es una simple raya, sus contorsiones pueden llevarnos a figuras que nos hagan exclamar, acercarnos más, atraparnos en su caminar, volar o sugerir, pero cuya estructura sea consistente gracias a la osamenta que le transfiere el pintor en su conciencia de la propia y la musculatura que igualmente llega al pincel al ser prolongación de la mano y el brazo de quien lo sostiene. Por ello ser capaz de disfrutar de la danza nos aproxima a la obra que se imprime con palabras pues no deja de ser una danza del pincel sobre el papel. Al igual que la danza no puede contemplarse de un solo golpe de vista y requiere de un espectador que tome asiento y se deje llevar por los movimientos durante el tiempo que estos se prolonguen para llevarse una impresión del conjunto, independientemente de que ciertos deslizamientos o piruetas en el espacio le hayan cautivado más que otros, o ciertos tiempos hayan conseguido moverse en su interior con mayor identidad que otros, no deja de ser una sucesión que va creando poso. También la pintura de palabras exige de ese tiempo en que se recorre de principio a fin y que el espectador en su seguimiento absorbe en su propio ser. Y por ello también es especialmente gratificante, enriquecedor e incluso puede llegar a desvelar una cierta intimidad poder ver al propio pintor cuando ejecuta una obra pues es coo una danza en la que es todo uno, obra y artista no pueden desligarse en ese preciso instante en que se llevan a cabo mutuamente.

El vacío llega con la respiración y la respiración es pura meditación, la que escucha el silencio que no es lo mismo que escuchar en silencio. La meditación no calla, no silencia, bien al contrario se abre a lo que en vida nos hemos obligado a callar, lo que insistimos en apartar, lo que no comprendimos cuando nos llegó, lo que se grabó a fuego sin captar su sentido, su intimidad para con uno pues quedó en lo más recóndito aun habiéndole pedido que se fuera. Nos pertenece puesto que lo atrapamos, nos llama por nuestro nombre pues surge sin más cuando menos lo queremos. Cerramos los ojos, nos tapamos los oídos e insistimos en no hablar de ello pues nos sangra el dolor, se abre la angustia, nos recuerda que perdimos la orientación. Callar para escucharlo, permitir que ande su camino, dejarnos marear con el desconcierto es quizás retroceder con el recuerdo para avanzar de un salto al liberarlo, es lo contrario a correr huyendo, es parar para llegar más lejos atravesando el espacio, un solo trazo que indómito llegó nos paró desconcertados para lanzarnos lejos si lo respiramos.

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