La perspectiva perdida, dejada atrás.
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La perspectiva perdida, dejada atrás.

mientras el fluir temporal en retraso siempre

Al acercarnos tanto a los objetos de una composición pictórica, los reducimos, vemos sólo el plano más inmediato, alejarnos, aunque sea mínimamente, nos devuelve la perspectiva que ya no reconocemos, así que el único punto de vista propio de ella pasa a multiplicarse. El cubismo admitirá tantos como necesite para situar los diferentes planos en la superficie de su cuadro. La distancia de la naturaleza ya está tomada, ahora se cae rendido en el intelecto y la razón. La cercanía, que conlleva la perdida de la perspectiva, nos impide reconocer objetos o paisajes cotidianos, que con sólo alejarnos un poco caeríamos en la cuenta de su identidad; pero la noche, de la que tanto disfruta el artista atraído a la bohemia y la puerta cerrada del estudio, del que cada vez le cuesta más salir, se empeñan en ocultárnoslos. La abstracción está ya en ciernes. Nos apropiamos de formas que antes eran parte de un todo, para hacer todo de una parte.

El simbolismo rescata la espiritualidad, prestando a las formas pensamientos e ideas, que las diferentes religiones se encargaban de nutrir. En la soledad del estudio, sin el amparo de la naturaleza, la mente sigue buscando respuestas a cuestiones que trascienden su propia capacidad de comprensión. Las viejas fórmulas decepcionan ante tanta destrucción y desnaturalización del hombre. Llegar a comprender con la razón la muerte violenta a manos de un hermano, correr desorientados bajo las bombas, sentir el dolor de un niño muerto en brazos de un ser que le quiere, ver derrumbarse tu casa o la destrucción del trabajo, conducen sin remedio a la falta de esperanza, a la pérdida de la fe, a enterrar la caridad y sacar lo peor de uno mismo, incapaz de creer que lo llevara dentro. Cuando a la realidad no se la quiere ni mirar, cuando no se puede ya ver tanto horror, que solo alimenta los sentimientos más bajos y rastreros –y nos referimos al siglo XX como el siglo más violento de la historia-, la mirada parte en busca de otras culturas más primitivas que permitan coger otros caminos, otros símbolos con los que construir un mundo mejor, recuperarnos del desgarro de lo que se ha roto en pedazos, como las formas que pueblan las telas de un arte sin perspectiva, sin duda la mayor y más certera aportación de la pintura del siglo XX.

El cuadro de destrucción y guerras que protagoniza el siglo XX es una involución, una enorme derrota, un desequilibrio, falta la armonía y se hace difícil hasta mirar los resultados, caen los ideales y emerge una mente descreída que se agarra a la fugacidad de sus sentimientos con los que sujetarse a la vida. Los sentimientos se desparraman rompiendo las formas ahora hirientes y se abstraen a las leyendas, a las historias, al relato construido con palabras, cada vez más vacías de significado ¡Qué  más da que la montaña sea verde y se eleve al cielo! Si he roto con las formas y los colores naturales para teñir el alma de frustración azul o hasta negra, mancharé ahora sin remedio la tela con materia prima, si la alegría desborda un momento de inspiración aunque fugaz acogeré el rojo o el amarillo impactando el soporte. El sentimiento del artista puede representar la montaña azul como un borrón de pasta oleosa ocupando el plano de su tela, basta con que denomine a su obra con la palabra montaña para enlazarla con un significado y que el espectador haga el resto, que se desconcierte, que rompa con la mirada aprendida, que olvide lo que tiene que ser, que abra sus sentidos a imposibles escenas que le retumban dentro. No hay una identificación visual, se apela a los ojos de dentro, no hay una definición de diccionario que identifique las formas, no hay un relato objetivo con el que hacer referencia a historias que sustentan la humanidad. El arte abstracto se abstrae de los ideales para quedarse con la cruda realidad y lo crudo no admite elaboración, ni maquinación, no apela ni a tiempo ni a espacio, se atiene a la inmediatez, apresa lo fugaz, salva los pequeños retazos entre dolor y dolor, desentumece al espectador. Es sensual, apela a lo que se puede tocar y se precipita en el erotismo que sangra en las ciudades rechazando la bucólica naturaleza romántica.

Hay que aprender de nuevo, hay que aprender a ver, probablemente la tarea más ardua que el arte del siglo XX ha tomado bajo su responsabilidad.

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