Mi Fu (1051-1107) bien aventurado
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Mi Fu (1051-1107) bien aventurado

Difícil encasillar a Mi Fu, porque su realidad excede cualquier límite, siempre al borde del precipicio: ya sea con el pincel en la mano y por lo tanto inmerso en la práctica, como en a lo que el pensamiento se refiere y por lo tanto en la teoría, profundizando hasta lo más hondo sin concesiones a lo establecido. Excéntrico en sus manifestaciones, era capaz de dejarse llevar por impulsos que le nacían de las entrañas mismas; al tiempo que riguroso con su pensamiento al teorizar, ordenando y sistematizando, el mundo del arte. Pertenece de lleno a la Dinastía Song (960-1279) cuyo alto nivel artístico por un lado y la inestabilidad política por otro, dio lugar a una sociedad atenta y alerta ante los desequilibrios constantes. Impacta con fuerza el libro, que si bien ya venía gestándose, durante este período de tiempo se difundió sin freno, atesorando conocimientos de toda índole, al par que clasificaba organizando el saber, los conocimientos, la expresión poética y literaria, la teoría artística, los tratados religiosos o la legislatura con sus guías para los exámenes a la administración pública.

Preocupados como estaban los emperadores por evitar la dominación de los generales, deseando rebajar el poder de sus ejércitos, se ampliaron las convocatorias para los exámenes a la administración, aumentándose de manera considerable los letrados que acaparan poder por toda la geografía del país. Con ellos se garantiza igualmente la difusión del pensamiento y los conocimientos intelectuales, permitiendo además el acceso al poder a personas de clases bajas, que ven garantizado su ascenso social al ir aprobando los exámenes. No es de extrañar que aparezcan grandes coleccionistas de todo tipo de productos que se dan a conocer en la capital como tributos o regalos, en ese afán por aparecer en las más altas esferas, por ser reconocidos y tenidos en cuenta, hacerse visibles y crecer. En como un ir poniendo el país al día de todo lo que son y tienen, descubrirse a sí mismos e ir apareciendo en los libros.  Mi Fu también forma parte de ese reconocer y atesorar lo que hay, para asentando sólidas bases, llegar a la cumbre aunando conocimientos y elevándolos, gracias los unos a los otros.

A nivel filosófico hay una vuelta, una mirada a los siglos 3º y 4º con el ánimo de integrar al ser humano con el cosmos, identificar la naturaleza humana con el orden universal, adentrándose con pasión en la evolución cósmica, los ciclos temporales y la armonía universal. Reculando aún más y llegando hasta Grecia, dice María Zambrano de Platón que luchó titánicamente con la contradicción de su pitagorismo creciente y su deber de filósofo. Y de ahí que no pueda decidirse por su metafísica, que deja la teoría de las ideas en entredicho, que haya sido tan fiel y descubierto con lealtad tan implacable sus dificultades; de tal modo que Aristóteles no hace casi más que repetirlas. La diferencia estriba en que Aristóteles se había decidido por el logos-palabra, y Platón sentíase cada vez más atraído, como por un voto ineludible, hacia el logos del número y de la música, que es igualmente el del silencio…

Entre el número y la palabra, la idea se contradice a sí misma, se anula. Aristóteles la salvará de esta contradicción separándola del número, llevándola enteramente a encarnar, a ser forma plástica. El mundo, la realidad, está compuesto, para Aristóteles, de formas plásticas que contienen en sí su misma razón, su esencia. Y la esencia separada pertenecerá a la <visión>, no al número.

La filosofía se logrará así en esa su pretensión primera: ser un saber desde el hombre, propio del hombre. El habitante de este mundo podrá ahora mirarlo todo -<teorizar>-, también el cielo, o ante todo el cielo, si se quiere. Mas desde aquí y para aquí… Sin embargo, el Universo sería un tejido de ritmos, una armonía incorpórea, que tal debió de ser la fe inicial de los pitagóricos: <¿Qué es lo más sabio? El Número; ¿qué es lo más bello? La armonía>, decía el catecismo de la hermandad, más que escuela, pitagórica.

La palabra desciende, el número asciende; la palabra interroga, el número es fruto de la observación, responde a la mirada volcada en el universo, en el cosmos. El número atiende al movimiento de la luz, al del tiempo cíclico, a la armonía con lo otro. Un movimiento al que se le puede ir arrancando una historia que da cuenta de lo tangible, al tiempo que deja la sensación de que hay otro tiempo que lo envuelve todo, menos direccional y más abarcador, que nos atrae hacia el sentir originario con un alma que es conexión. El Arte atiende a esa alma que sumergida en el tiempo y el número es música, que incorporada la palabra se hace poesía y que Mi Fu, como tantos artistas del trazo, la pintan. Pintar poesía es hacer de la palabra número, al dejar que su ser se deconstruya entrando en el movimiento de los astros; y del número palabra al entrañarlo, preguntando por ese su ser que se nos escapa y que buscamos desvelar.

Mi Fu se hizo grande, bien aventurado en su vida, gracias a esa mirada constante hacia las entrañas más profundas de lo humano, incluso infernales del ser en la tierra, esa oscuridad intraterrenal; como ese mirar al cielo, al Universo todo, para conectar con lo más originario, lo más luminoso, lo que puede incluso cegar si se lo mira de frente. Su capacidad para vivir humanamente, sin dejarse ser a merced del movimiento del cosmos. Su Trazo incorpora su alma peregrina. Quizás por eso en China, pintar palabras incorporando el alma que desvela el número, esa armonía visual -que es un despertar de sensaciones- del número y la palabra, sea la manifestación más elevada del Arte.

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