Mirando palabras
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Mirando palabras

La palabra escrita como icono, un signo icónico, una imagen. Podría relacionarse la palabra con el objeto escrito con ella, y la mente se nos va a los caracteres chinos, que sobre todo en sus inicios, parece que podrían buscar una semejanza en los llamados pictogramas. Sin embargo, hay algo más poderoso que la relación visual, cuando al signo escrito hacemos referencia, se trata del gesto. La gestualidad con la que se traza un carácter es tremendamente más poderosa que cualquier visualización.

El gesto, en el trazo de una palabra escrita, nace en la persona que lo lleva a cabo. Dicho gesto se desarrolla en la misma persona a lo largo del tiempo, evoluciona con ella, se transforma, llega a identificarse con ella, trasmite estados del ser, activa sensaciones, es parte entrañada con la que se accede a la oscuridad más infernal y a la claridad más celeste.

Podemos remontarnos al icono de la religión ortodoxa, denominación que viene del griego y cuyo significado literal es imagen -venerada que no adorada-; para llegar al icono informático que es un pictograma que representa, hoy en día, cualquier cosa que el usuario precise y que esperemos no llegue a ser adorado. La imagen detiene, contiene, simboliza, refiere, es un alto en el camino. El gesto anda siempre, pone en movimiento, sugiere ir, trae y lleva, sube y baja…

Dice María Zambrano que todo icono pide ser liberado, porque toda forma es una cárcel, pero es la manera única en que, en este mundo en que vivimos, una esencia se conserve sin derramarse -la palabra es también forma que apresa y oprime-. Saber mirar un icono es liberar esa su esencia, traerla a nuestra vida, sin destruir la forma que la contiene, dejándola al mismo tiempo allí; es difícil y necesita entrenamiento…

Pintar una palabra pide acceder a su esencia y darle curso, empeñar el gesto de uno a cambio de su libertad, la libertad de ella, de la palabra, en un tiempo que lo buscamos desprendido de la sucesión histórica, para llegar si acaso a ser parte de ella, de la historia. No hay destrucción sino transformación, en un instante que traspasa al ser que se presta a que la esencia tome forma, la tome ella, la palabra, en un instante en blanco porque quien se presta siente el misterio del vacío que entró y salió dejando huella, la huella de una palabra liberada del lenguaje, que no es de él, que es suya, de la palabra que quiere que la miren, no que la lean ni ser útil a nadie, que la miren desnuda, desnudada, hasta desvelarla, porque algo vela cuanta más belleza atesore.

una palabra para ser consumida sin que se desgaste
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