No nos interesa tanto el progreso como el origen.
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No nos interesa tanto el progreso como el origen.

La creación implica una constante vuelta al origen. El arte no deja de volver sobre sí mismo para arrancar desde el principio, mientras tanto la artesanía no ceja en su empeño por avanzar. Cultura viene de culto, atiende a esa mirada que se eleva sobre sí misma para alcanzar lo que físicamente no le está dado, exige crecer por dentro para desenmascarar las capas que cubren el ser más íntimo y original en cada objeto y en cada sujeto. Para lo cual es necesario el cultivo, igual que se cultiva la tierra, roturándola y trabajándola, sembrándola y regándola, para extraer de ella los frutos más inverosímiles, renovando con cada nuevo producto la creencia en la capacidad creadora de la naturaleza en conjunción con la humanidad, así cultivar la mente humana desemboca en los productos con los que la cultura sella cada etapa.

Un nuevo cultivo exige volver a la tierra virgen, devolverla a su estado anterior al último cultivo para empezar de cero, quizás sean otras gentes, quizás otros instrumentos, pero cada cultivo pide retornar al origen y repetir el proceso: la cultura igual.

No existe la jerarquía cultural, no puede medirse, no hay un parámetro que iguale y cuantifique, la cultura genera productos únicos, todos son únicos en sí mismos como los seres humanos, podrán catalogarse pero no por ello menospreciarse, no se acepta la dominación de unos sobre otros sino la convivencia en igualdad de fondo aunque no de forma. Los derechos humanos los igualan más allá de su economía o raíces sociales que sí los catalogan, el ser humano en su unicidad tiene principio y fin en sí mismo, la creación artística también.

El camino es hacia la libertad, a la que no llegamos sin un profundo conocimiento histórico que dé acceso al futuro que cada persona va abriendo, momento en el que superamos el conocer para acceder al saber, llevar el conocimiento hasta la sabiduría. Caminar de la tragedia a la ética, abrirse a la meditación para en el vacío de un presente en el que el ser humano se detiene, para pensar o crear, dejar que llegue tanto lo pasado como lo porvenir; no en la linealidad que tiraría en sentidos contrarios de la persona, sino en la gravedad del universo espacial que unifica las direcciones para entrar en profundidad.

La civilización y la cultura no caminan con independencia una de la otra, aunque una se adapte a la práctica siempre relativa y la otra tome el camino de la teoría que conduce a lo universal. La oposición en dicha unidad se manifiesta una vez más en el terreo en el que se desenvuelven, pues cuanto más duras son las circunstancias prácticas en una civilización, mayor salud presenta su cultura y las creaciones que atesora. A su vez, cuando una civilización transita en paz, mostrando evolución y progreso, en un aparente orden próspero, la cultura cae en manos de una artesanía dormida en lo ya creado, que olvida los orígenes y recrea lo ya consumido. Se deleita en la gracia, en el adorno, en el temor de estrellar lo conseguido, pues tener despierta el miedo a perder y paraliza el ingenio creador. La falta, la ausencia, tensa de nuevo las fuerzas de la creación alimentando el diálogo, lugar único en el que la complementación pudiera mantener en equilibrio el fiel de la balanza, sin hacer caer estrepitosamente un platillo para elevar el otro.

La tensión es la que origina grandes obras para en ellas quedar abolida por satisfecha.

Es el arte como manifestación cultural el que nos interesa y al que llegamos, un arte que responde al nosotros de la sociedad, que el yo lo vuelve opaco, que complementa el proceso civilizatorio, que se busca a sí mismo en él, que no se contenta con lo externo de las cosas, que debe entrar en el misterio de la creación, que ni puede ni debe desatender la llamada del espíritu, cuya técnica es sólo un medio, igualmente necesario, para llegar a él. No es historia, aunque se pueda hacer historia de él, es presencia de un pasado que se hace presente en el objeto de arte y que incita al futuro. Es atemporal, no busca el poder ni el progreso, aunque se le otorgue, participa en el presente de la no-acción para ser en sí mismo y entonces alcanza la genialidad, que tan pronto llega como se va. Tan necesaria la llegada como la partida para estar en lo cíclico de su movimiento. La tensión lo mantiene en el filo de los opuestos para ordenarlos a cada uno en su tiempo y sólo en sí mismo llegar a la unidad. La pasión lo embrutece, el sosiego lo enaltece, la originalidad lo corrompe, el origen lo crea. El progreso le reta, la crisis lo despierta, pero sólo él se crea en comunión con el universo todo.

Los montajes, las instalaciones con los que los artistas sorprenden a la sociedad de finales de siglo y que tanto proliferan en el actual, ese arte efímero que nace y muere en tan breves lapsos de tiempo, fuerzan la mirada, la hacen detenerse porque la obra como llega se va y no permanece. El objeto escapa, la obra se evapora, permanece el gesto, una acción que se fija en la retina y retiene la memoria, una huella. Una mirada a renovar, un camino abierto que ni fija ni detiene, que no atrapa un punto de vista, que se abre a todos poniendo en movimiento la tensión creadora. Por ahí queremos caminar.

el claro como el espejo que tiembla

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