Zhang Xu (658-748) bien aventurado
23146
post-template-default,single,single-post,postid-23146,single-format-standard,stockholm-core-1.1,select-child-theme-ver-1.1,select-theme-ver-5.1.8,ajax_fade,page_not_loaded,vertical_menu_enabled, vertical_menu_transparency vertical_menu_transparency_on,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

Zhang Xu (658-748) bien aventurado

De los Bienaventurados dice María Zambrano que son: Seres que han logrado la identidad y que la llevan ostensiblemente, a modo de un sello que los hace discernibles, haciendo asequible así su misteriosa vida. Intangibles y capaces de una comunicación que apenas hacen sentir; comunicación que, sin ofrecerla, dan, pues que, parte de ese reconocimiento del ser que configura a la vida, y que, en los seres que no son ellos o dentro de los cuales ellos no alientan, crea una distancia insalvable. Aquellos humanos que han llegado a la identidad o la bordean, si no llevan dentro de sí un bienaventurado, crean soledad en quien pretende obtener de ellos una noticia, por leve que sea, de esa vida que escondida llevan en sí; son todavía, y quizá más verdaderamente que nadie, propietarios de su vida o, al menos, celosos guardianes de ella. Así, algunos seres de profunda meditación, algunos ascetas a medio camino, algunos poetas en busca de la palabra o poseídos por ella, y sin duda algunos filósofos, que fueron así librando tan sólo a la escritura su diáfano pensamiento, sin haber irradiado diafanidad en torno a su persona viviente, han de ser poseídos por ella. El tesoro que recelan se expande de algún modo, mas siempre contenido en una forma, en una figura, en una obra.

A Zhang Xu le fue otorgado el título de “Maestro Supremo” y ese es un reconocimiento que sólo se concede cuando el Trazo que sale del pincel está comprometido con todo el ser de uno en la creación artística, en este caso. Que el trazo se entregue a las palabras, no puede considerarse como una elección baladí, en ellas se adentra al entender que las palabras le ofrecen al trazo la mayor de las libertades, el mayor compromiso para consigo mismo en aras a lograr su identidad más plena. Las palabras son capaces de aunar el sentir más profundo, entrañado en lo más terrenal y oscuro, con la intuición más elevada proyectada en el cosmos y de mayor luminosidad. Las palabras conectan desde el fondo del ser humano con todo lo que le rodea, se pueden extender los brazos en cruz y dar vueltas, rotar sobre sí mismo, en un vincularse con la naturaleza, las ideas, las preguntas, las cosas… las palabras relacionan, nos relacionan con nosotros mismos y los demás, ese primer deseo de relación es un balbuceo y a partir de ahí los libros que las contienen caen por su propio peso, uno tras otro escritos aspirando a la eternidad. Llegan incluso a despertar el temor, el miedo, hasta el punto de ser quemados cuando la conquista de una plaza implica imposición de las ideas, de las creencias, una nueva fe u otra forma de relacionarse con lo desconocido y como ejemplo baste con la pira de libros sacados de la Granada musulmana cuando fue conquistada por los católicos. Aquellas palabras desconocidas podían decir cualquier cosa, y la febril imaginación puede hacerlas decir aún más, y se queman las palabras ¡si tendrán poder que hay que quemarlas!

Pintar palabras, no es pintar cualquier cosa, es pintar lo más poderoso, entregarles el trazo es conectar el centro mismo del ser con el centro del universo, el trazo es el cordón umbilical con el orden cósmico: con él entramos, en él estamos y somos. Llegar a ese Trazo en la Palabra, en los caracteres cuando de China se trata, es el arte más comprometido y audaz, el que lo exige todo del artista, y por eso al pintarlos en China se llevan el mayor reconocimiento: llegar a dejarse en el trazo de un carácter es el vacío del ser, su silencio, aún más expresivo que la propia palabra. Que a alguien que trabaje ese Trazo se le considere Maestro Supremo, es el mayor respeto, una inclinación muda, un seguimiento ciego, un escuchar el universo.

Zhang Xu pintaba hasta con el pelo, se transmutaba en pincel, si veía una pared blanca, un muro mientras paseaba, lo cargaba de vida con su trazo que era pura danza. La reverencia ante ese movimiento es un dejar paso a la expresión de la propia Naturaleza. Él fue el creador de lo que se viene a llamar “cursiva loca”, y que responde al trazo más libre, sujeto a nada, pero que parte de una palabra, de una poesía que cabalga en su mente, que es energía contenida, una visión sin leyes ni gramática, y que pide paso y uno se lo da pincel en mano, que si se deja caer al sí mismo en el vacío, sin ningún ego voluntarioso que lo dirija, entra en el cauce del movimiento mismo, el del propio universo, y su trazado es puro vuelo que no acepta lecturas, sólo silencio.

No fue asceta ni místico, buen conocedor del daoísmo, era un enamorado de la vida que la consumía a tragos, iba de lo irracional a lo inconsciente en su búsqueda por la profundidad del alma, adentrándose en el misterio mismo de la creación, definiendo reglas para una técnica impecable. Cualquier dualidad solo eran trasuntos con los que recorrer los caminos de la vida. El movimiento, al que deja paso, se ha visto como el de un mono balanceándose en la foresta o como truenos y relámpagos saliendo de las nubes, cuya grandeza reside en que una vez la tormenta ha pasado el desorden cesa, y tanto la furia como el exceso remiten, y es que el más pequeño de sus gestos está en su ser, con su carga de consciencia e inconsciencia, modulándose.

Obras suyas, como la del poema de los mil caracteres, fueron talladas en estelas de piedra, pudiéndose contemplar hoy en día en el Bosque de Piedra de la ciudad de Xian, entonces capital de la Dinastía Tang (618-907) a la que también pertenecían tanto el monje Huaisu como el letrado Wang Wei.

Para entrar en la pintura de la Naturaleza, y todo lo que ella contiene, es paso previo tener un dominio mínimo del Trazo, cuya maestría es precisamente la pintura de los caracteres la que va a proporcionarlo. Son sin duda las palabras las que son más exigentes e implican una mayor dificultad a la hora de tener esa maestría con el pincel y la tinta. Y la poesía, cuya abstracción y capacidad de vuelo, sobrepasa cualquier otra composición con las palabras, la que lleva intrínseco ese Arte con mayúsculas, que en China, se ha venido desarrollando a través de los siglos, al nivel de la mayor exigencia que humanamente puede concebirse, y que forma parte de su idiosincrasia.

No Comments

Post a Comment